miércoles, 23 de febrero de 2011
lunes, 21 de febrero de 2011
martes, 8 de febrero de 2011
La camote

La simpatía es muy frecuentemente un prejuicio sentimental basado en la idea de que la cara es el espejo del alma. Por desgracia, la cara es casi siempre una careta.
Santiago Ramón y Cajal
El otro día leyendo Diario Estrategia - algún día pienso ser millonaria, y obviamente invitar a los que me soportan a un manso asao a lo Che Copete- vi en su sección Reflexiones la siguiente frase: “El carácter del hombre es su destino”. Mi mamita Ana me decía que era camote, que me esforzaba por hacerme odiar, en vez de hacerme querer. Y así no más ha sido.
Quizás por esa naturaleza camote, siempre me ha llamado la atención el poder de la simpatía. La sobrevaloración que se le da al “buen carácter”. Ese carisma que elevó a figuras como Michelle Bachelet, continuadora de la gran farsa demócrata (cristiana), por medio de la sonrisa fácil, una mascarada que esconde cosillas que no siempre resultan ser tan simpáticas.
Cuando pienso en su Santidad el Papa Juan Pablo Segundo, me sucede lo mismo. La gente valoraba su simparía, su ternura, mal que mal era “el mensajero de la vida, peregrino de la paz”. Sin embargo, mientras ponía esa cara compasiva, llena de amor para el mundo, prohibía la teoría de la liberación, destituyendo a cuanto seguidor de Pedro la abrazara, mientras hacía vista gorda de la sodomía y pederastia de otros tantos de sus discípulos.
El gordo Melnick, la Tonka, la Claudia Conserva, Winnie de Pooh, incluso Fujimori y Pinochet, han sido considerados simpáticos por la gente. Por eso mismo, la “buena onda” siempre me ha resultado deshonesta.
“Pero es tan simpático, tan amorosito”, apreciación tan común entre padres y apoderados, profesores, tío y tías, etc. Termina siendo más importante que otras cualidades como la probidad, la perseverancia, la creatividad.
Ser “simpático” asegura la barra, el aplauso, la permanencia en un puesto, incluso te otorga inmunidad. Sin embargo no es garantía de nada. Incluso es una manipulación mediocre que echa mano a las emociones para influenciar y tener libertad para hacer lo que les da en gana.
Harto injusto resulta confundir a tontos con pesados. No tiene nada que ver, aunque a veces se den juntos. Aunque la mayoría de los tontos se vean imposibilitados de tener algún peso, producto de su cabecita hueca. Así es que la canción de Los Tres, por muy pegajosa que resulte, simplemente #noaplica.
He tenido varios pololitos simpáticos, pero he optado por quedarme con el más pesado. Porque puede uno ser simpático pero ladrón, simpático pero mentiroso, simpático pero flojo, simpático pero machista, o todas las anteriores juntas, agregándole otros tantos detallitos, y perdonárselos todos cuando lanza una sonrisa, habla despacito, tira una buena talla, se saca un pito o una chela. No me vengan con inteligencia emocional, porque eso se llama pillería.
Toda la vida he tenido problemas por ser pesada, por decir lo que me parece, y pensar sin escatimar en costos tales como la antipatía de los demás… Y ahí resulta que los pesados son los otros. Es cosa de mirar los posteos que me llegan a la página de El Ciudadano.
Pero lectores, un peo puede ser simpático, una caída por las escaleras, un perro persiguiéndose la cola, una guagua con una burbuja de moco en la nariz… O sea, no es algo muy difícil de lograr.
Como decía El Conde de Lautreamont “He visto, durante toda mi vida, sin una sola excepción, a los hombres de hombros estrechos realizar numerosos actos estúpidos, embrutecer a sus semejantes, y pervertir a las almas por todos los medios. A los motivos de su acción le llaman: la gloria. Viendo esos espectáculos, he querido reír como los demás; pero eso, extraña imitación, era imposible. Tomé un cuchillo cuya hoja tenía un filo acerado y me sajé la carne en los sitios donde se unen los labios…” Quizás solo así algunos podemos parecer simpáticos.
jueves, 27 de enero de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
martes, 25 de enero de 2011
lunes, 24 de enero de 2011
La chica light
Estaba hablando animadamente con Fesal sobre mis motivaciones para rellenar hojas en blanco con caracteres que pueden interesarle en alguna medida a los demás, mientras acariciaba a su gato Petunio.
Tratando de justificar de alguna manera mi afición obsesa, mi premura y febril intensión de comunicar, mi grafomanía si se quiere, el gato saltó a la mesa y comenzó con solemne elegancia a recorrerla, cuando vino un zarpazo humano y a mansalva, que logró desplomarlo abruptamente y contra el piso.
En mi sorpresa indignada estuvo la chispa que me alumbrara las entrañas y la contestación precipitada que confirmarse que esos detalles, esas “pequeñeces”, vengan de donde vengan, son mi inspiración perentoria.
Nada más explicándole lo anterior saltó en su defensa el veterano Chaín, argumentando que estos temas “light” de los que hablamos nosotros “los jóvenes”, no tenían una real importancia frente a las grandes problemáticas humanas.
Porque no webiemos. Los humanos somos humanos y no animales, y nos debemos soberbia y vanidad a todo evento. Eso de defender a los perros de las leyes de eutanasia, y todas esas analogías entre los Nazis y/o Stalinistas y Agrosuper, son una tontera magnífica y profundamente hueca.
Entonces los perros y los gatos, pueden irse a la mismísima Checoslovaquia.
Le planteo a mi inter-locotor, que me pide a gritos, sostenga un dialogo “serio y verdadero” qué sucede con los 4 niñitos que hallaron abandonados por su madre drogadicta.
¿Porque los vecinos, humildes y por lo tanto pertenecientes de ese solidario “pueblo chileno”, nunca los ayudaron?
Si sabían la realidad de la madre, y la enjuiciaban a la hora del tesito, después de la misa, y afuera del colegio donde esperan hasta que salgan de clases sus hijos ¿Cómo dejaron que indefensas criaturas sufrieran la soledad, el miedo, la tristeza y el hambre?
Opera la misma lógica que con lo no humano, porque lo humano es adulto y razonable, trabajador, notable, pensante, productivo y “consciente”. Ni los perros ni los niños, ni las madres drogadictas, lo son.
Entiendo que cuando se estaba en Dictadura, hablar de machismo era un tema light. De seguro yo lo hubiese sido, aunque el patriarcado haya fundado ejércitos estoicos, soberanos, prusianos y gloriosos.
Y ahora con miles de sociólogos y juristas construyendo la democracia, hablar de los animales también resulta light, aunque para conseguir que se mantenga equilibrio de poder y el transito de él, sea vital no abusar de su ejercicio, precisamente con los más débiles (de verdad débiles y no caben en esta categoría pusilánimes, piadosos y cobardes).
Los “jóvenes”, nosotros que apenas se nos seca el ombligo según los que nos llaman “jóvenes” (y eso a fin de cuentas es bueno, porque quienes se autodenominan “jóvenes” son aquellos políticos como MEO, Lagos Weber, Orrego y Tohá, que frente a la gerontocracia y putrefacción concertacionistas, parecen sentirse un olor mejor) no sabemos nada de los tiempos duros, donde de verdad la lucha era cuestión de vida o muerte.
Nosotros que sabemos del mal de oídas y que el aporte que podemos hacer es ese superficial y decorativo de la generación Jackas, también sabemos que en la superficie radica la totalidad.
Que ahí donde los polos se rotan y transitan, el viaje puede ser infinito y ágil, como si fuésemos montados en un patín sobre una cancha de hielo. Sin frenos podemos advertir lo evidente. En el flujo diario de perros y niños, de viejos que barren las calles y buscan cartones, o piden con su mano tullida una chauchita porque el montepío es miserable.
Lightmente “los jóvenes” nos damos cuenta de la dialéctica, de la reducción binaria y mediocre que se da en la relación humano- animal, profesor-alumno, chofer-peatón, niños-adultos, y un terminable y odioso etcétera.
Definitivamente nos damos cuenta de las mismas porquerías de siempre, que podrían volver con la brutalidad de antaño, esa que parecen anhelar para nosotros los hijos del rigor, de no haber hecho de éste un tema light, uno que se habla mientras se anda en bici, se toma un copete, se postea en un muro, o se hace el amor.
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