Constantino Kavafis
Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.
Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.
Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.
viernes, 21 de mayo de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
martes, 18 de mayo de 2010
lunes, 10 de mayo de 2010
Game Over

Ya está el chancho tira’o y que bueno que así sea porque como dice Lacan: “¿Soportaríamos la vida tal como es, si no supiéramos que todo esto tiene un fin?” Nada es imprescindible, salvo la muerte.
Los mortales nos definimos por nuestra data de caducidad, ya que no damos el ancho ni espiritual ni físicamente para instalarnos por sécula en el mundo de los vivos. Pero en este caso, el cuerpo humano en sus diferentes dimensiones, parece no tener arte ni parte, pues es la casa la que parece tener daño estructural y peligro de derrumbe.
Ya hemos visto bastante: terremotos, tsunamis, megaerupciones volcánicas, granizos del porte de una pelota de tenis, diluvios y sus posteriores aludes, mostrándonos que ha comenzado un proceso, en donde la “crisis” se ha vuelto una realidad, más allá de la entelequia numérica y el fraude de las finanzas.
La trasgresión que el ser humano ha instalado desde siempre, es el Apocalipsis; esa sed, ese deseo, esa pulsión de muerte que nos suministra cierta calma de que por fin se acabará la idea de un “mañana” en las condiciones sensibles en la que nos encontramos.
Que exista un acuerdo entre creencias religiosas judías, católicas, protestantes e incluso indígenas, es a lo menos espeluznante. En este caso no hay cismas de ningún tipo y estaríamos con los días contados, situación de la que deben estar al tanto los mandamases del tercer planeta. Esto explicaría el porqué del alza de impuestos por parte de un empresario, quizás la cosa es hacer méritos y expiar culpas a gran escala.
Puede que no pase nada, como el supuesto colapso del año 2000, en donde los electrodomésticos y toda cosa con inteligencia artificial atacarían a los seres humanos con el fin de apoderarse del control con una verdadera dictadura cibernética. Mucho cómic al parecer.
Pero en este caso no podemos hacernos los de las chacras. Algo está pasando. Algo grandote que nos supera a nosotros, pobres parásitos terráqueos.
Lo entretenido es tenerlo en agenda y vivirlo de la mejor forma posible, porque estar en las páginas finales de los libros fantásticos más importantes de la raza, es un privilegio.
Yo compraría mis drogas favoritas y llenaría una tina con agua tibia para pasar el mal rato. Quizás un buen POV frente a mis ojos, para irme en mi ley, contenta y autogestionada, claro que el cuento de la familia siempre es importante, así que el besito en la frente, el apretón de mano, el abrazo filial y las reconciliaciones, tendrían que tener un ladito en la parrilla programática.
Me gustaría prender la tele y ver el último matinal de Chile, el último Teletrece, y cómo no darse el gusto, la última cadena nacional, y darme cuenta de que ni el fin del mundo es tan grave ante tanta charchería, porque para qué estamos con cosas, la única forma de razar la cancha, de volver a cero, de dignificar la estructura, luego de toda la sangre, mierda y merca que le hemos echado al molino, es quemar las naves y tirar todo por la borda.
(Se podría hacer una analogía meritoria si nos refiriéramos a un conglomerado, que intenta con conclaves, salvar su alma hipotecada, hace rato, a la mafia intergaláctica de reptiles demoniacos).
Pero no sabemos cuando se nos acaba la fiesta y nos quedamos como niñito huacho de los últimos en todos lados. Dando la hora cuando ya es el tiempo de abandonar dignamente el lugar. Pero no nos pegamos el cacho, así todos nos volvamos deconstructivistas, porque tenemos pegado un afán “creador”, un pusilánime espíritu de conservación, un rastrero deseo de trascendencia, por eso necesitamos una ayudita divina… un parelé a la destrucción con cuenta gotas, un éjale cabrito a las usuras cotidianas, un rayado de cancha a la mala leche que se agria de a poquito gracias a las leyes de este juego macabro llamado supervivencia.
martes, 4 de mayo de 2010
Coco loco eres tú

La locura siempre se instala desde el exterior, pues es difícil que una persona, estando realmente perturbada, se autodenomine como enferma mental. Casi siempre son las familias las encargadas de encerrarte en el casillero de la locura. Es como el tema de los apodos. Yo nunca me dije a mi misma “zancudo playero”, fueron esos estúpidos de siempre, los que me bautizaron como tal.
Que le digan loco a Bielsa, es más o menos lo mismo. Un apelativo que le coloca la “sociedad” al individuo, condenándolo a la “prisión continua” de la que nos habla Focault, esa que está presente incluso extramuros, pues los dispositivos de control se reproducen incluso fuera de las instituciones que estructuran el orden del discurso, y que mejor para recordar “la norma” que la prensa, ese cuarto poder, claro está, que forma parte del privilegiado duopolio.
En la página editorial del diario La Tercera se habló de la charla que dio el “loco” en donde se pronunció en referencia a los saqueos posteriores al terremoto, pero no para profundizar en los dichos del DT de La Roja, porque mucha agua a pasado, o se ha estancado bajo el puente desde los griegos que no sabían realmente si estas personas eran locos o verdaderos sabios, sino para reprenderle como a un niño: ““pastelero a tus pasteles” por que como sociólogo eres un buen entrenador”.
La integridad de la “verdad” está en peligro cuando un tipo con características de héroe abre la boca para decir que el capitalismo salvaje a moldeado a un ciudadano hambriento de bienes materiales, que se encuentra entre la maraña de la publicidad confundido, y que en una situación de crisis y con esa base moral neoliberal, hasta él, el mismísimo Bielsa, se robaba el plasma.
Se supone que el “loco” Bielsa, ha preferido el error y desdeñado a la verdad. A esos son los que llamamos orates, a esos que utilizan su ética para otorgar la libertad para pensar sin patrones establecidos por el poder. Lo que puede ser de lo más normal en una sociedad que sienta las bases en la honestidad, pero estamos hablando de la realidad y no de quimeras. Por eso el loco es loco, y si no está encerado, es simplemente porque nos es de suma utilidad. De lo contrario estaría bajo siete llaves.
Pero algo así pasaba. Pues Bielsa no es seguido por los periodistas para hacer entrevistas en profundidad. Simplemente resultaba un enigma y no sabíamos el porqué de su apodo. Habían teorías que hablaban de su obsesión con la cancha, pero nada más, salvo una imitación en la cual nuevamente se utilizaba su figura para ordeñar el bolsillo ciudadano.
En Occidente la historia de la locura se ha desarrollado en cuatro etapas: 1. en el siglo XVI, se despoja a la locura de su carácter de santidad. 2. durante los siglos XVII y XVIII, la época clásica, la locura es la sinrazón que se enfrenta a la razón y se la encierra en el Hospital General. 3. el siglo XIX, libera a los locos de sus cadenas y les da la calidad de enfermos, encerrándolos en el asilo especial donde serán tratados, entre otros con el tratamiento moral. 4. En el siglo XX aparece en escena el psicoanálisis, y en tratamiento de la neurosis.
Auque las cosas hayan cambiado, y exista la “terapia” para resolver esta enfermedad, el prejuicio y la subjetividad con respecto a qué es correcto y que no, es gravitante para que la locura, aún en el siglo XXI, sea un buen argumento para desacreditar pensamientos que se hayan en la impostura, que son nuevos y no caben en los viejos moldes de la teoría.
Quizás lo único que nos quede en limpio es eso que se dice: “los niños, los locos y los ebrios dicen la verdad” y por eso hay que escucharlos con atención, ya que mensaje no tiene que ver con discursos memorizados, acomodados en la hipocresía, y formulados en el facilismo de lo que está zanjado por los “otros”.
miércoles, 21 de abril de 2010
Para el Narcisista
El espectro de la muerte sobre el sujeto
Por Amanda Goya

El cuerpo yaciente y petrificado del melancólico ostenta el déficit de la negativización del goce, goce que exacerba el puro dolor de existir como afecto princeps de la melancolía.
La autora trabaja desde Freud y Lacan el duelo patológico en contrapunto con el duelo normal. Dentro del duelo patológico desarrolla exhaustivamente los desarreglos del goce en la melancolía y en la manía, como así también de que modo incide el superyó en las mismas.
Un yo ensombrecido por el objeto es la fórmula propuesta por Freud para designar aquello de lo que el sujeto se desembaraza mediante el trabajo del duelo, duelo de esa sombra que aflige al yo y a partir del cual el sujeto podrá restaurar el vínculo con el objeto causa del deseo y reinvestir nuevamente otro objeto con las insignias del precedente. Este proceso, propio del duelo normal, se demuestra inaccesible en la melancolía, situada desde 1914 por Freud entre los márgenes de la psicosis.
Freud nos presenta la melancolía como una vía regia para concebir la constitución misma del yo humano. En ella se observa cómo una parte del yo se sitúa frente a la otra valorándola como si fuera un objeto. Dicha parte no es sino la conciencia moral que —al decir de Freud— puede enfermar por sí sola. Las autoacusaciones que el sujeto se infringe con ferocidad son en verdad reproches hacia el objeto perdido que ha sido reintegrado en el yo.
Ahora bien, la manera freudiana de situar la particularidad de la disociación melancólica se distingue por la regresión de la libido en el yo —esencial a las afecciones narcisistas—, un yo que se identifica al objeto abandonado. De allí procede el fenómeno primario de la psicosis, a saber: el desastre libidinal que resulta de la no reversibilidad de la libido entre la imagen y el cuerpo propio, característico de la libido objetal, es decir de los estados amorosos del neurótico.
La tesis lacaniana de la melancolía también se afirma en el campo de las psicosis. La categoría de rechazo del inconsciente como consecuencia de la forclusión, es el punto pivote para abordar la estructura melancólica. La ausencia de la Bejahung de la castración impide no sólo la inscripción del falo en el inconsciente como significante de la vida, sino también la extracción del objeto a del lugar del Otro. La estructura así conformada dejará vacante el sitio del Ideal del yo como aspiración del yo ideal, de forma que éste no podrá regularse por la ley del gustar —como sucede en la neurosis—.
En Psicología de las masas y análisis del yo Freud confiesa que los únicos casos de sujetos melancólicos que el psicoanálisis ha podido descifrar son aquellos en los que el objeto queda abandonado por haberse demostrado "indigno de amor", objeto que el melancólico reconstituye en el yo mediante la identificación y al cual le dirige los autorreproches.
Así pues, diremos que el melancólico abandona a un objeto que no puede perder, debido a la no extracción del objeto a. En su defecto, instaura un yo ideal degradado al registro de lo inmundo. La regresión tópica al estadio del espejo adquiere aquí una forma peculiar. A diferencia del paranoico, que erige un doble especular persecutorio, el sujeto melancólico ataca su propia imagen, en una tentativa fracasada de operar su separación del objeto que no ha tenido para él categoría de imposible. El recurso último al acto suicida es la maniobra en la que él se pierde por no poder perder el objeto que le resulta esencialmente desconocido, puesto que lo lleva consigo mismo "escondido en su bolsillo".
El melancólico no puede hacer de su yo ideal un objeto amable a los ojos del Ideal del yo, pues éste no existe para él pura y simplemente. La imagen de sí queda presa del significante en lo real que lo petrifica en su abominable ser, significante extraído de la cadena del sentido y que da nombre a su ser fuera del Otro, en una verdadera realización estética de la tortura.
El rechazo del inconsciente instala un yo ideal mortífero habitado por un goce no frenado por el falo. El efecto del desconocimiento del a es lo que el melancólico hace pasar a través de su propia imagen a la que ataca encarnizadamente para consumar en ella la caída del objeto a, pero la coalescencia de a con la imagen puede llegar a empujarlo a precipitarse a través del marco de la ventana, en ausencia del único marco que le hubiera permitido recatarse como objeto en el Otro: el del fantasma.
Freud concluye sobre este sujeto que sólo puede ser un perseguido del Superyó, a través de cuyo sadismo se lleva a cabo la "muerte del yo", como consumación de la manía de empequeñecimiento. Lacan traduce esta muerte del yo presentando al sujeto melancólico como una víctima inerme del "filo mortal del lenguaje", lo que le ocasiona un "trastorno en la articulación más íntima del sentimiento de la vida" articulado alrededor de una significación delirante de autoinjuria. El cuerpo yaciente y petrificado del melancólico ostenta el déficit de la negativización del goce, goce que exacerba el puro dolor de existir como afecto princeps de la melancolía.
En la manía, la imposible extracción del objeto a no implica solamente su desconocimiento, como en la melancolía. El retorno en lo real del "filo mortal del lenguaje" se manifiesta, en la manía, como ruptura del encadenamiento significante y fracaso de la intención de significación. El maníaco se halla disperso en lo infinito del lenguaje que lo atraviesa y ello confina con la muerte del sujeto, pues éste no puede localizarse ni detenerse.
¿Cómo inciden estas anomalías del goce en el yo del maníaco?
Para esclarecer esta pregunta recurriremos al Grafo del deseo. Lacan define al moi en Subversión del sujeto como la metonimia de la significación del Je, metonimia que puede localizarse mediante la función que aporta el yo de sumarse a la significación del discurso. La escansión del mensaje del Otro depende de la acción subyacente del objeto.
Por carecer de la función de a, el maníaco ve pulverizarse la imagen de su yo, que se verá arrastrada en la dispersión del la cadena rota. El fenómeno de la excitación maníaca fragmenta la imagen del yo en ausencia del punto de extimidad que dicha imagen debería revestir.
Melancolía y manía constituyen ambas un tratamiento por lo simbólico de los retornos de real, solución que da cuenta de algunas estabilizaciones, cuando las hay. En estos casos el sujeto se sirve de un significante —frecuentemente tomado del Otro materno— que le suministra una significación ideal con la que conformar un pseudo ser que vela parcialmente su identificación con la cosa.
Bibliografía
• S. Freud: Introducción al narcisismo. Duelo y melancolía. El yo y el ello. Psicología de las masas y análisis del yo.
• J. Lacan: Subversión del sujeto. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis. Televisión. Seminario X, La angustia.
• J. A. Miller: Seminario: Del síntoma al fantasma. Seminario: Los signos del goce.
• C. Soler: Seminario: Los poderes de lo simbólico (inédito). Artículos "Inocencia paranoica e indignidad melancólica" y "La manía, pecado mortal" en Estudios sobre la psicosis.
• G. Dessal: El objeto indigno del melancólico (inédito).
Por Amanda Goya

El cuerpo yaciente y petrificado del melancólico ostenta el déficit de la negativización del goce, goce que exacerba el puro dolor de existir como afecto princeps de la melancolía.
La autora trabaja desde Freud y Lacan el duelo patológico en contrapunto con el duelo normal. Dentro del duelo patológico desarrolla exhaustivamente los desarreglos del goce en la melancolía y en la manía, como así también de que modo incide el superyó en las mismas.
Un yo ensombrecido por el objeto es la fórmula propuesta por Freud para designar aquello de lo que el sujeto se desembaraza mediante el trabajo del duelo, duelo de esa sombra que aflige al yo y a partir del cual el sujeto podrá restaurar el vínculo con el objeto causa del deseo y reinvestir nuevamente otro objeto con las insignias del precedente. Este proceso, propio del duelo normal, se demuestra inaccesible en la melancolía, situada desde 1914 por Freud entre los márgenes de la psicosis.
Freud nos presenta la melancolía como una vía regia para concebir la constitución misma del yo humano. En ella se observa cómo una parte del yo se sitúa frente a la otra valorándola como si fuera un objeto. Dicha parte no es sino la conciencia moral que —al decir de Freud— puede enfermar por sí sola. Las autoacusaciones que el sujeto se infringe con ferocidad son en verdad reproches hacia el objeto perdido que ha sido reintegrado en el yo.
Ahora bien, la manera freudiana de situar la particularidad de la disociación melancólica se distingue por la regresión de la libido en el yo —esencial a las afecciones narcisistas—, un yo que se identifica al objeto abandonado. De allí procede el fenómeno primario de la psicosis, a saber: el desastre libidinal que resulta de la no reversibilidad de la libido entre la imagen y el cuerpo propio, característico de la libido objetal, es decir de los estados amorosos del neurótico.
La tesis lacaniana de la melancolía también se afirma en el campo de las psicosis. La categoría de rechazo del inconsciente como consecuencia de la forclusión, es el punto pivote para abordar la estructura melancólica. La ausencia de la Bejahung de la castración impide no sólo la inscripción del falo en el inconsciente como significante de la vida, sino también la extracción del objeto a del lugar del Otro. La estructura así conformada dejará vacante el sitio del Ideal del yo como aspiración del yo ideal, de forma que éste no podrá regularse por la ley del gustar —como sucede en la neurosis—.
En Psicología de las masas y análisis del yo Freud confiesa que los únicos casos de sujetos melancólicos que el psicoanálisis ha podido descifrar son aquellos en los que el objeto queda abandonado por haberse demostrado "indigno de amor", objeto que el melancólico reconstituye en el yo mediante la identificación y al cual le dirige los autorreproches.
Así pues, diremos que el melancólico abandona a un objeto que no puede perder, debido a la no extracción del objeto a. En su defecto, instaura un yo ideal degradado al registro de lo inmundo. La regresión tópica al estadio del espejo adquiere aquí una forma peculiar. A diferencia del paranoico, que erige un doble especular persecutorio, el sujeto melancólico ataca su propia imagen, en una tentativa fracasada de operar su separación del objeto que no ha tenido para él categoría de imposible. El recurso último al acto suicida es la maniobra en la que él se pierde por no poder perder el objeto que le resulta esencialmente desconocido, puesto que lo lleva consigo mismo "escondido en su bolsillo".
El melancólico no puede hacer de su yo ideal un objeto amable a los ojos del Ideal del yo, pues éste no existe para él pura y simplemente. La imagen de sí queda presa del significante en lo real que lo petrifica en su abominable ser, significante extraído de la cadena del sentido y que da nombre a su ser fuera del Otro, en una verdadera realización estética de la tortura.
El rechazo del inconsciente instala un yo ideal mortífero habitado por un goce no frenado por el falo. El efecto del desconocimiento del a es lo que el melancólico hace pasar a través de su propia imagen a la que ataca encarnizadamente para consumar en ella la caída del objeto a, pero la coalescencia de a con la imagen puede llegar a empujarlo a precipitarse a través del marco de la ventana, en ausencia del único marco que le hubiera permitido recatarse como objeto en el Otro: el del fantasma.
Freud concluye sobre este sujeto que sólo puede ser un perseguido del Superyó, a través de cuyo sadismo se lleva a cabo la "muerte del yo", como consumación de la manía de empequeñecimiento. Lacan traduce esta muerte del yo presentando al sujeto melancólico como una víctima inerme del "filo mortal del lenguaje", lo que le ocasiona un "trastorno en la articulación más íntima del sentimiento de la vida" articulado alrededor de una significación delirante de autoinjuria. El cuerpo yaciente y petrificado del melancólico ostenta el déficit de la negativización del goce, goce que exacerba el puro dolor de existir como afecto princeps de la melancolía.
En la manía, la imposible extracción del objeto a no implica solamente su desconocimiento, como en la melancolía. El retorno en lo real del "filo mortal del lenguaje" se manifiesta, en la manía, como ruptura del encadenamiento significante y fracaso de la intención de significación. El maníaco se halla disperso en lo infinito del lenguaje que lo atraviesa y ello confina con la muerte del sujeto, pues éste no puede localizarse ni detenerse.
¿Cómo inciden estas anomalías del goce en el yo del maníaco?
Para esclarecer esta pregunta recurriremos al Grafo del deseo. Lacan define al moi en Subversión del sujeto como la metonimia de la significación del Je, metonimia que puede localizarse mediante la función que aporta el yo de sumarse a la significación del discurso. La escansión del mensaje del Otro depende de la acción subyacente del objeto.
Por carecer de la función de a, el maníaco ve pulverizarse la imagen de su yo, que se verá arrastrada en la dispersión del la cadena rota. El fenómeno de la excitación maníaca fragmenta la imagen del yo en ausencia del punto de extimidad que dicha imagen debería revestir.
Melancolía y manía constituyen ambas un tratamiento por lo simbólico de los retornos de real, solución que da cuenta de algunas estabilizaciones, cuando las hay. En estos casos el sujeto se sirve de un significante —frecuentemente tomado del Otro materno— que le suministra una significación ideal con la que conformar un pseudo ser que vela parcialmente su identificación con la cosa.
Bibliografía
• S. Freud: Introducción al narcisismo. Duelo y melancolía. El yo y el ello. Psicología de las masas y análisis del yo.
• J. Lacan: Subversión del sujeto. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis. Televisión. Seminario X, La angustia.
• J. A. Miller: Seminario: Del síntoma al fantasma. Seminario: Los signos del goce.
• C. Soler: Seminario: Los poderes de lo simbólico (inédito). Artículos "Inocencia paranoica e indignidad melancólica" y "La manía, pecado mortal" en Estudios sobre la psicosis.
• G. Dessal: El objeto indigno del melancólico (inédito).
viernes, 16 de abril de 2010
Cinestesia
Aparece en Revista Punto Final

Cuando leí la entrevista inédita de Bolaño, me sentí más acompañada. No es que me crea una escritora prolifera y extraordinaria, y menos aún, un enigma seguido por una multitud de escritorcitos menores que me prenden velitas y se reúnen como viejujas “tupperware ” a comentar alguno de mis hitos noveles, precisamente porque no los tengo. Digo que me sentí acompañada, porque al revés de lo que uno podría esperarse de un literatostart, Bolaño tenía que someterse a los deberes paternales, cambiando las noches de juerga y desenfreno por videotapes arrendados en algún club de barrio. Es así como me he instalado frente al televisor y me he dado, poco a poco, una cierta ínfula de cinéfila que me ha hecho zanjar en ciertos asuntos.
Los parecidos entre películas y películas son evidentes, y es por que la tragedia humana no deja de suceder y siempre es más o menos la misma. Por más enrevesada que sea la trama y con todos los efectos especiales que posea, el argumento final radica la mayoría de las veces, por no decir todas las veces, en los residuos elementales. Los instintos nos llevan a derivar en tal o cual lógica que avale cierto tipo de acción. Lo importante en el caso del arte, es cómo narrar la historia repetida. Es gravitante entonces, qué énfasis ponga el actor, cual es la evocación que conecta los paisajes con los personajes y su poder de persuasión con el espectador.
Hay actores como Richard Burton o Charlton Heston, que no han tenido que desembarcarse de su personalidad para interpretar diversos roles. Nada más son ellos mismos, con sus patologías que los hacen atractivos para el ojo hambriento, el voyerista enmascarado, el impotente existencial que se solapa tras una carátula. Al parecer el mejor actor no es el que actúa, sino el que vive y renueva sus votos a cada frase memorizada con sello y distinción. Es algo difícil de encontrar en nuestro tiempo. Pasa con “rostros” que causan una suerte de obsesión, como el que provoca Penélope Cruz en Almodóvar y sus fanáticos, o el exquisito Johnny Depp en Tim Burton y todas sus devotas, entre las cuales me incluyo, pues no cualquiera resiste Los Piratas del Caribe III, sin tener algo de fervor por su protagonista.
Hay un espíritu en cada película, una singularidad que se logra escarbando en la intimidad de las circunstancias y personajes, y que a su vez, devela el dilema que se sitúa sentado tras la pantalla. Mucho se ha hablado de la “transmutación” y es lo que le pasa primero al director con el guión y luego al actor con su personaje, para desembocar en la empatía con quien consume el material ya terminado.
Me imagino a Bolaño recorriendo con su ojo tullido y su fragilidad ambulante los escaparates plagados de films. A cuanto tragadero debió someterse, como cuando erré y me matriculé con La batalla en el cielo, una pretenciosa e ininteligible película mexicana, situación que sufre cualquier mortal que aplaca su aburrimiento, casi todas las noches, con un sucedáneo de vivismo. Pienso en esos paseos del escritor por los pasillos, buscando, escudriñando en las rimbombantes referencias, iguales a las de botellas de vino, o los prólogos de los libros, o dejándose seducir por alguna imagen: por el ángel de alas metálicas de Brazil, o la mano reptil de Videodromo, en su sorpresa cuando encuentra una buena película que no sea de un gran director o un clásico sacado de las novelas de Tennessee Williams; y me doy cuenta que el solo hecho de imaginarlo, es como estar viéndolo en una película dirigida y producida por mí. Como en Paprika, donde se inventa un dispositivo que graba los sueños, capaces de permear la realidad y generar tal tumulto revolucionario, que los planos cruzados se hacen dueños y señores del tajante y adoctrinador presente.
El luchador y La nana, son relatos de un especial fulgor en la maraña de ocurrencias supuestamente “originales”, e iluminan las noches apagadas y silenciosas, replicantes de un suelo movedizo. Narraciones que parecen hiperreales, simples y cotidianas, en donde el sucesor de la acción se encuentra en un rincón de la sala, sobornado por las imágenes, implicado en la secuencia, embadurnado de fotogramas, que rápida y sucesivamente, se convierten en la ortopedia perfecta de un seudotetrapléjico, que quiere recrear la impresión de movimiento. Me gustaría ver que diría Bolaño de estas dos historias, pero no se puede, aunque la ficción siempre le tuerza la mano incluso a la muerte.

Cuando leí la entrevista inédita de Bolaño, me sentí más acompañada. No es que me crea una escritora prolifera y extraordinaria, y menos aún, un enigma seguido por una multitud de escritorcitos menores que me prenden velitas y se reúnen como viejujas “tupperware ” a comentar alguno de mis hitos noveles, precisamente porque no los tengo. Digo que me sentí acompañada, porque al revés de lo que uno podría esperarse de un literatostart, Bolaño tenía que someterse a los deberes paternales, cambiando las noches de juerga y desenfreno por videotapes arrendados en algún club de barrio. Es así como me he instalado frente al televisor y me he dado, poco a poco, una cierta ínfula de cinéfila que me ha hecho zanjar en ciertos asuntos.
Los parecidos entre películas y películas son evidentes, y es por que la tragedia humana no deja de suceder y siempre es más o menos la misma. Por más enrevesada que sea la trama y con todos los efectos especiales que posea, el argumento final radica la mayoría de las veces, por no decir todas las veces, en los residuos elementales. Los instintos nos llevan a derivar en tal o cual lógica que avale cierto tipo de acción. Lo importante en el caso del arte, es cómo narrar la historia repetida. Es gravitante entonces, qué énfasis ponga el actor, cual es la evocación que conecta los paisajes con los personajes y su poder de persuasión con el espectador.
Hay actores como Richard Burton o Charlton Heston, que no han tenido que desembarcarse de su personalidad para interpretar diversos roles. Nada más son ellos mismos, con sus patologías que los hacen atractivos para el ojo hambriento, el voyerista enmascarado, el impotente existencial que se solapa tras una carátula. Al parecer el mejor actor no es el que actúa, sino el que vive y renueva sus votos a cada frase memorizada con sello y distinción. Es algo difícil de encontrar en nuestro tiempo. Pasa con “rostros” que causan una suerte de obsesión, como el que provoca Penélope Cruz en Almodóvar y sus fanáticos, o el exquisito Johnny Depp en Tim Burton y todas sus devotas, entre las cuales me incluyo, pues no cualquiera resiste Los Piratas del Caribe III, sin tener algo de fervor por su protagonista.
Hay un espíritu en cada película, una singularidad que se logra escarbando en la intimidad de las circunstancias y personajes, y que a su vez, devela el dilema que se sitúa sentado tras la pantalla. Mucho se ha hablado de la “transmutación” y es lo que le pasa primero al director con el guión y luego al actor con su personaje, para desembocar en la empatía con quien consume el material ya terminado.
Me imagino a Bolaño recorriendo con su ojo tullido y su fragilidad ambulante los escaparates plagados de films. A cuanto tragadero debió someterse, como cuando erré y me matriculé con La batalla en el cielo, una pretenciosa e ininteligible película mexicana, situación que sufre cualquier mortal que aplaca su aburrimiento, casi todas las noches, con un sucedáneo de vivismo. Pienso en esos paseos del escritor por los pasillos, buscando, escudriñando en las rimbombantes referencias, iguales a las de botellas de vino, o los prólogos de los libros, o dejándose seducir por alguna imagen: por el ángel de alas metálicas de Brazil, o la mano reptil de Videodromo, en su sorpresa cuando encuentra una buena película que no sea de un gran director o un clásico sacado de las novelas de Tennessee Williams; y me doy cuenta que el solo hecho de imaginarlo, es como estar viéndolo en una película dirigida y producida por mí. Como en Paprika, donde se inventa un dispositivo que graba los sueños, capaces de permear la realidad y generar tal tumulto revolucionario, que los planos cruzados se hacen dueños y señores del tajante y adoctrinador presente.
El luchador y La nana, son relatos de un especial fulgor en la maraña de ocurrencias supuestamente “originales”, e iluminan las noches apagadas y silenciosas, replicantes de un suelo movedizo. Narraciones que parecen hiperreales, simples y cotidianas, en donde el sucesor de la acción se encuentra en un rincón de la sala, sobornado por las imágenes, implicado en la secuencia, embadurnado de fotogramas, que rápida y sucesivamente, se convierten en la ortopedia perfecta de un seudotetrapléjico, que quiere recrear la impresión de movimiento. Me gustaría ver que diría Bolaño de estas dos historias, pero no se puede, aunque la ficción siempre le tuerza la mano incluso a la muerte.
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