viernes, 18 de marzo de 2011

Carta de Renuncia



Está quedando o va a quedar. Esa la sensación popular ante tanta catástrofe, profetizada por la amplia gama de películas referentes al “fin” (por fin) del mundo, y su fecha estratégica: el temido, o esperado, 2012.

Esa esperanza seudo religiosa de ser los últimos -que serán los primeros- en habitar este planeta elegido por la gracia divina, ese afán por ser los protagonistas, o proto-agonistas de los últimos versículos del bestmegaseller de todos los tiempos, nos hace sentir que hasta en la derrota podremos ser héroes.

La derrota cotidiana, esa que llega al chicotazo del mando medio, en el metro apretujados a pesar de pagar precios primermundistas por un servicio de cuarta, que se fortalece cuando debemos pagar intereses, clausulas abusivas, y un sin número de “responsabilidades” que el capitalismo ha puesto sobre nuestros hombros, hace tanto, que no recordamos otra manera… parece que puede ser subvertida por la gran derrota de la humanidad.

La idea del Armagedón, es la misma que tiene el niño con pataleta cuando mira al cielo y quiere que cada avión se desplome en llamas.

La idea del fin del mundo, es la misma de la abuela tullida y pobre, que ve como todo a su alrededor se desmorona bajo el prisma de su propia descomposición.

Una salida catastrófica a esa pobreza radical y ontológica que nos mantiene en unos huesos prematuros, que aunque enchapados en grasa Kentucky, parecen revelar la muerte a cada paso.

Es explicativa la recurrente analogía con zoombies, que comenzó hace ya varias décadas George Romero, el anarquista.

Ese cuerpo que piensa en el colapso, para pedir una licencia psiquiátrica, o el golpe de suerte de un accidente laboral, es el mismo que pide a gritos que los cinturones volcánicos entren de una vez por todas en erupción, que la tormenta solar irradie la tierra e ilumine en primer lugar a los oscuros tentáculos de la dominación, es el mismo que quiere un 12, 8, que se parta la tierra, y baje, de una vez por todas Jesús, o que emerja Hitler, o que se yo qué fabulador para “hacerse cargo” de lo que los directorios de corporaciones sin rostro, no han podido.

Imagínese cuanta gente, con instinto trocado ya por las condiciones enfermas y enfermantes, desea que esto suceda. Gente que sabe que el fin de la historia ha llegado hace tiempo, y dirima Kaddafi o no, tendrá que seguir pagando lujos ajenos, y que sabe que la ONU, no persigue la paz de Libia Y EN NINGUNA PARTE, sino los intereses geopolíticos, y que EE.UU se mueve por amor al petróleo.

Así no más la cosa. Los guantes fueron colgados hace décadas y la toalla sigue al medio del ring, tiesa ya, como pieza arqueológica de un museo.

Se escarba en el basurero de la historia, para encontrar el recuerdo embardunado de miserables y simples verdades, se abren cajas de pandora, para terminar con las apologías y volverse más escéptico y amargado.

Se escarba para encontrar algo sólido, en un mundo donde el espacio radioélectrico es lo más concreto con lo que podemos contar, y lo más que podemos asir en el percolado donde chapoteamos amargamente, es un pedazo de manzana roja, una peineta, un resto fetal, y un billete de luca, todo junto y en una bolita, como de hachis.

Seguro que alguien se la fuma en la desesperación. En la espera que alguien en alguna parte se conduela y desconecte en nombre del buen morir a un planeta que pide a gritos la eutanasia, que ha renunciado a toda expectativa, a todo cambio, a toda vitalidad.