jueves, 15 de mayo de 2008

Le dije sí a la vida, pero me costó CARÍSIMO


Una clase de yoga mental transcurre en las noches, donde los tentáculos del recuerdo logran elongarse hasta parajes remotos y pausadamente grotescos. El olvido diurno a llegado a remolinarlos con el afán mágico de que sólo se vuelvan colores, pero las palabras y los sucesos a veces cobran tal realidad en los sueños, que al amanecer una contractura cerebral me colapsa y la primera orina de la mañana se hace sólida y dolorosa.

Estaba ahí, frente a todos, con el uniforme que nos identifica con esa notable vergüenza propia de ser nada más que adolescentuchos. Yo, más ofendida que el resto, con un disfraz pedófilo y torcido de monja saiko, madre ya hace casi un año, no me creía el cuento de ser una chiquilla en formación. Mi transito había sido tan rápido como primitivo: una rotura de himen, luego de sufrir de un tenaz estupro por casi 2 años, una sexualización coludida y consuetudinaria; ya era mujer.
Esas niñitas que jugueteaban a gustarse y a esconder sus partecitas inmaduras pero infectadas desde siempre por la calamidad dérmica de las espinillas en el culo o la implacable retención de líquidos en los muslos, o la piel de naranja en la barriga, o la tensión siempre apocalíptica de la gravedad en los pezones, no conocían aún la dolorosa peregrinación por el deseo de la penetración. Esas niñitas, aún felices en sus bachilleratos y sus comentarios de series juveniles, se separaban de mi, como si exprofeso hubiera elegido el camino del dominio de mi cuerpo. A pesar de ellas suponer de que yo hacía lo que quería, eran ellas las que hacían lo que querían con su cuerpo, pues aún se pertenecían a si mismas y su exploración curiosa, salvaje, intuitiva y gozosa, era el verdadero sosiego e independencia. Yo, adoctrinada en las prácticas, no era más que una ciudadana del género y mi rol histórico comenzaba a apoderarse a través de un poderoso instinto de preservación destructiva (de mi misma, por eso creo que cualquier interrupción del embarazo en adolescentes menores de 18 años es meramente "resguardo de la salud física y emocional de la madre"), que bien era empleado con más racionalidad por quién era mayor que yo, 4 gloriosos años, y que portaba el adminículo que agredía al hacer soberanía en mi cuerpo.
La verdad es que mucho antes de los quince años, pude haber quedado embarazada. Hinchada como paté hasta las postrimeras. Pero me escondí del fluido que manaba, no sin sentir repulsión, hasta que un engaño pueril y precoz, me hizo absorber todo el esperma, hasta devorarme las entrañas con el parásito humano. En ese tiempo no podía llegar a entender completamente de qué se trataba y no era de ninguna condena decir que ese hijo no era lo que yo anhelaba. Pues bien sabía yo qué era felicidad y siempre había sido estar fuera de los roles impuestos por ese señorito correctito que lograba deslumbrar con sus ojitos azules y su porte promedio, a todo adulto con quien entablara una conversación, que siempre llegaba a un arrebatado cliché de poética admiración al futuro. Él soñaba con un trabajo de oficina y una mujer llena de hijos en una casa modesta con olor a fritangas, en donde los armarios estuvieran perfumados y al fondo de la casa hubiera una piecesita con escritorio, biblioteca y un barcito con habanos y una botella de wisky. Yo lo sabía y es por eso que acabé cualquier tipo de contacto, un año exacto antes que se produjera la fecundación, alejamiento que no perduró lo suficiente. El lobby parental fue excesivo y por esos días el mozo iba a aprender junto a mi madre lecciones de inglés. Él ya no estaba en mi ciudad, sin embargo se esmeraba en continuar visitándome, pues no se resignaba a dejar a tan tierno ser para continuar amoldandolo a su antojo. Flores y chocolates y toda clase de cursilerías llegaron a mí con frenética exposición pública. Eran entregados honoríficamente, en el salón de mi casa a vista de mis padres orgullosos, o en uno de los pasillos del liceo, en donde las muchachas, inocentes, envidiaban una suerte que se había extraviado desde hace tiempo. Volvimos, a pesar de mi incertidumbre, de mi sospecha trágica de que con ésto comenzaría una vida ajena.

Cuando el niño tenía una año y medio, ya no soporte más a su padre, ese devoto estudiante universitario, que visitaba a esta escolar de tercero medio, que era su esposa, y a ese niño que puso con determinación su mismo nombre, una vez al mes, si es que había suerte.

Recuperar el tiempo perdido fue mi entusiasmo y aún amamantando al niño, volví prontamente a clases y a danza, manchando cada 2 horas mi jumper con leche caliente y mi malla celeste, que nunca pudo calzarse como antes. Los estragos en mi cuerpo, me hacían frenar los impulsos sexuales, justo ahora, en la edad en que no se frenan. Y no conseguí la fuerza para tener un novio, hasta que mi mejor amigo, mi compañero de escuela, el que siempre estaba ahí riéndose de los absurdos pliegues de la vida, me tendió una mano. Terminó, como cuando iba en octavo básico, con su polola, para estar conmigo y estuvimos juntos. Salimos por las calles, y libres fumamos porros escuchando música, y fue él el que me inspiraba a pensar cosas vagas y maravillosas, a perder el tiempo ganando en risa, en confianza, en la tan meritoria alegría juvenil. Él no tenía apuros y no quería competir por ser el señorito pulcro y pedófilo. Y vivimos la vida como niños, con un erotismo válido y generoso.
Hasta que un día, yo, la Morgana, la mujer adulta y recorrida de 17 años, caí en el juicio público, por estar en el papel de quién somete sexualmente al débil. Tan extraño era todo. Pues a mí me pasaba una situación que, al padre del niño le debería, por justicia, haber sucedido. Pero siempre fui la culpable. La madre de mi "ex-marido" del padre de mi hijo, mi otrora suegra, me tachaba como "calzonera" y no pude poner un pie en su casa hasta que el embarazo acabó y comprobó con un álbum familiar en mano, el parecido del niño con su correctísimo hijo. Pues ahora, la madre de mi compañero de curso, me llamaba a una reunión en su casa. Cobardemente mi leal amigo, me obligó a apersonarme, no sin antes advertirme que esa señora era pía y devota, que a sus cincuenta años se encontraba estudiando teología en la Católica y que no debía contradecir a ninguno de sus consejos. Ese recuerdo ya olvidado, volvió a mí en sueños, anoche. Vi a esta señora sentada en un sillón, escudriñando entre mis pendejos, para encontrar la evidencia del abuso cometido a su niño. A ese niño que había sido violado a los 9 años por su prima de 15, a ese niño que fumaba pitos desde hacia tiempo y follaba con su anterior polola en la pieza de sus padres. Pero yo era la madre soltera del curso, la que sabía; "hácete hombre Arturo", le decía el profesor de física en sus clases al vernos sentados juntos; "dale su merecido Tobar", gritaba eufórico en los pasillos, en donde la manada se reía, con caprichosa inocencia. Y la madre llamó a la mía para decirle que yo era corrupta y marrana, que yo estaba pervirtiendo a su retoño, a su "Benjamín", menor entre dos hermanas. Y entonces mi madre entró a mi pieza, mientras mudaba a mi hijo, y me grito "maraca". Yo reí no sin soltar una alarmada lágrima y me quedé pensando sin lograr comprender nada.

Anoche tuve un sueño, tan real y solemne. Estaban mis compañeros y compañeras de uniforme y todos me sentían podrida lástima. Y unas casas antiguas eran filmadas desde su entrada, y como siempre yo me atrevía a traspasar la puerta y grababa más allá de los límites, un pasado feroz, en camastros hundidos, paredes mohosas y relicarios, y fantasmas, y calendarios con paisajes, y estampitas de santos y del sagrado corazón. Todo revenido y solitario. Como un cementerio.

6 comentarios:

vaavila dijo...

Es un relato muy duro que logra trasmitir la dureza de la vivencia.

Quizás con ingenuidad, pienso en los sentimientos que se enfrentan.

Pesé a lo que cuentas, sé que amas mucho a Claudito y que lo es todo para ti.

Y esta vida que no solo suele ser caprichosa, sino que a veces es una reverenda conchesumadre y tanto metaforica como literalmente te hace parir.

Lo que se cuestiona no es la guagua, los hijos o las hijas, sino que al igual que la vida la actitud de algunas personas que son unos reverendos conchesumadres.

lolita dijo...

eso te pasa por maraca no mas ,como bien te dijo tu madre....esa es la triste realidad,si no hubieses jugado a ser mujer a tan temprana edad,otro gallo cantaria

Anónimo dijo...

Valentia, tan escasa como la decencia en este pais de ovejas, te admiro por tu lucides, a quemar con desprecio las convenciones, a orinar en plena cara a la hipocresia rabiosa de las damas de buena familia, pero sobre todo amar hasta el dolor a esa ternura que te llama mama, y a brindarle tu piel, tu llama rebelde para que no sea otro ladrillo en esta pared podrida.
cariños de tu amigo virtual, jorgesolo

francia dijo...

Te envio un gran beso amiga de adolescencia... siempre haz sido y seguirás siendo una gran mujer. Francia

Rodrigo Pino Moreno dijo...

Te apoyo, siempre si a la vida aunque cueste...

que opinas de los haikus?

Gian Franco dijo...

Yo seré papá tamb. inesperadamente. Son circunstancias diferentes partiendo de que soy hombre y aquí, lamentablemente, eso hace la diferencia. Con todo, te quería agradecer por contar lo que contaste.

Poderosa y frágil mujer, gracias.

Te deseo lo mejor para ti y tu hijo.
Abundancia y amor.
Adios.