viernes, 17 de septiembre de 2010

En esta edicion de Punto Final


Chile se celebra



Septiembre es el mes de los excesos, y lo fue desde los albores de la patria. El carácter fundacional que tiene políticamente este mes, lo carga de sentidos, la mayoría propios de una tragedia sanguinaria, distante del carnaval que pretenden insertar dentro de nuestro inconciente (favorecido por el alcohol, principal invitado a esta celebración).

Los traumas sufridos como nación constituyen la historia de toda porción de tierra que se precie de serlo, pues se supone que así se madura y se puede pasar a la siguiente etapa, formando parte de un proceso que nos asegura un “futuro esplendor”; la mitología patriótica, la ideología, si se quiere, resulta desacreditada en la práctica de manera radical. Porque todo lo que creímos y pensamos, como siempre, tiene fallas. Y como no, si lo que ha construido el hombre frente a lo que ha hecho naturalmente el universo, presenta un patetismo vergonzoso, y dentro de ese patetismo vergonzoso está el Estado-Nación, réplica de nuestro deseo de identidad, de nuestro afán de pertenencia, de nuestra búsqueda insaciable por saber quien somos y vernos en espejos ensombrecidos por la duda. Una unidad conseguida a fuerza de ley, que resulta ser la peor trampa, porque como es natural, “a la fuerza no hay cariño”. Y de ahí el fracaso, y la inmoralidad flagrante de cualquier festejo.

Si bien ser colonia es deshonrar a cada habitante, supuestamente vernáculo, e independizarse es mostrar coraje y autonomía, lanzarse contra los verdaderos nativos, retrotrayendo la tradición española, voraz y usurpadora, no tienen coherencia con los valores enarbolados en una revolución realizada por “Libertadores de la Patria”.

Nuevamente el tema de “los otros” es gravitante en este asunto, del extraño, que aún siendo quien por derecho de antigüedad pertenece a la tierra, se convierte en extranjero, en un elemento negativo para la constitución de un Estado de Derecho. De una República, o res-pública, en donde el ganado ciudadano tiene claras las convenciones y la señalética que le corresponden. Eso nuevo, que apenas lleva doscientos años, y que trasvasijado una y otra vez a los grupos dominantes, a cambiado de forma antojadamente, pero que ha mantenido el mismo hálito colonizador del que, en realidad, viene a sacar provecho de los recursos naturales para llevárselos y hacer negocios bien lejos de la manoseada “patria”.

Toda esta misma clase, metamorfoseada por el estilo y la moda, es quien ofrece la fiesta Bicentenaria. Porque Chile se celebra, aunque sea mediante decreto, y está bien que así sea, porque así fue como la Nación se hizo fuerte, de tradición republicana y criolla.

Pero la fiesta, que parece ser tan merecida, positiva e inocente, a modo de pulpería, se utiliza para vender, en nombre del tricolor, las sobras de un sistema reventado, pero nuevo. Tan nuevo como la Patria. esa que progresa, con su carga de artificio y “genio humano”, el mismo que creó las cuentas de vidrios de colores, y la industria armamentista, llenando de orgullo al hombre moderno, el que detestando la obsolescencia, retiró de su vista todo atisbo de primitivismo.

Hoy celebramos con la parrilla bien cargada con el buen corte de El Líder, mientras los “indios” que aún quedan, protestan haciendo una huelga de hambre, que a nadie pareció conmover, pues “guatita llena, corazón contento”. Y si a eso le sumamos estos 4 días de dilapidación y bacanal dieciochera, que nuestros honorables han cedido como muestra de aprecio al “roto chileno”, la amnesia inducida por el poder de la catarsis hará el trabajo de descompresión incluso de la curiosidad con la que algunos wincas seguían la noticia, porque sólo a menos que cumplieran un Record Guinnes haciendo ayuno, sería parte de la agenda, esa que se plaga de compatriotas estoicos, tan distintos a los bárbaros mapuches, porque aún condenados a la prisión del trabajo en condiciones de esclavitud, felices entonan el Himno Nacional todas las veces que sea necesario, haciendo soberanía a 700 metros bajo la superficie.
Así los mineros corroboran la prosperidad de pertenecer a Chile y ser símbolos vivientes del Bicentenario de este país, que demuestra modernidad paradojal, mediante las herramientas para su rescate, pues su Constitución no tuvo la “modernidad” suficiente para salvarlos de la catástrofe.

Aún así, Chile se celebra, se celebra por ser un Estado-Nación moderno, como lo soñaron los próceres y militares.