lunes, 3 de octubre de 2011

Vencer la tradición


Si bien venimos saliendo de un par de días plagados de “tradiciones” no por eso no vamos a criticarlas. Muchas de éstas nacen de las entrañas mismas de la soberbia humana, de ser los “inteligentes” del reino, y que por eso, podemos joder al resto con nuestras técnicas de dominación.

Varios ejemplos de “soberana estupidez”, y sospechosamente atados a una identidad nacional existen por doquier. La pelea de gallos, de perros, la tauromaquia, el rodeo, el hostigamiento del oso, el enganchar del cogote a los ganzos, sin contar los circos y los mataderos, son todas prácticas que se realizan al alero de la patria, en distintas partes del mundo.

La verdad es que soy una persona omnívora, pero me da vergüenza tener el hábito de comer carne, siendo que con todo lo que nos provee la naturaleza, podríamos sobrevivir con los nutrientes necesarios, sin tener que comernos a nadie.
Es cierto que para hablar de esto, debería predicar con el ejemplo. No basta con lamentarse y simpatizar con Srila Guru Maharaj, quien es uno de los activistas más comprometidos con “La revolución de la cuchara”. Sin embargo acudí a una de sus charlas, a pesar de ser omnívora y atea.

“¡Por favor sean vegetarianos, se los ruego, no manchen de sangre su mesa! Pongo las manos al fuego de que no se arrepentirán. La comida es uno de los momentos más místicos en donde podemos compartir y celebrar lo que la tierra nos ha dado tan amorosamente.”

Cierto, me dije, y acto seguido viví un dieciocho como todo chileno. Me llené el estómago con el dolor animal, me curé como zapato, y presencie por las pantallas de televisión la Gran Parada Militar, con autoridades como Ezzati, Girardi, Piñera y Hinzpeter.

Y me sentí culpable y chanta, por ser chancho comeafrecho, animal de crianza que se deja someter por regalías repugnantes de bacanal barata, pero con el agravante que soy una persona con discernimiento, o eso estilo creer.

Me da pena cómo se han construido las sociedades, al entender, en resumidas cuentas, que es uno mismo el que está hasta el cuello de todo eso que dice odiar. Que a todos nos aprieta el zapato, y que cojeamos por la vida, sin ánimos de andar con la agilidad del descalzo. Pues sabemos en el fondo, que luego de tanta sangre y desperdicio, nuestros pies terminarían embardunados.

Sabemos que el arrojo tiene un costo, sobretodo personal, el que siempre es rehuido. Que se solapa en el vértigo de la verborrea, en la invención de nuevas ideas, en la moda que oficializa una “causa”, que cubre nuestro vacío.

Hay que reconocer que hay intentos de ser revolucionarios, de creer en que las cosas cambian, pero como se dice, para eso es necesario que la caridad comience por casa. Por ejemplo, que los papás profesores dediquen tiempo de calidad a sus hijos, o que los estudiantes, en estos días de lucha, se eduquen de forma autodidacta.

Como sabemos “en casa de herrero, cuchillo de palo” y eso es justamente lo que se debe comenzar a cambiar. Esa tradición de dejación y diletancia. De autoindulgencia y mediocridad.

Tomo como desafío la revuelta interior y permanente. La que se manifiesta en el intersticio entre la piedra y el musgo, entre nuestros deseos de cambio y nuestras tradiciones y hábitos más arraigados.

Es ahí, donde siempre ha sido, donde tiene que dejar de ser. En la mínima decisión de sincerar prácticas y verse así tal cual: un depredador, que desgastado, come de la mano del amo, como si fuera pichón, las sobras extraídas del dolor de otra carne. De otra vida. Ya sea así, literalmente, o producto del usufructúo al sistema capital, cuando no entendemos que el tema no es estudiar gratis para negriar al ignorante, sino luchar por llegar al fondo del asunto. A romper con la usura, la profunda ambición y el miedo a perder el status, o la mentira que construimos para guarecernos domesticados por nuestros vicios.